No tengo claro si tanta madurez y tanto aprendizaje nos hacen ir hacia delante o hacia atrás... Al fin y al cabo, no hemos hecho otra cosa que perder esa facilidad con la que nos presentábamos de niños ante la vida. Una carrera significaba una sonrisa o un enfado, pero nunca sufríamos más que un Rato muy corto. Sin embargo ahora los Ratos de sufrimientos se nos hacen eternos.
Con ese ansia de cambiar, de madurar, de aprender hemos olvidado lo fácil que es ser felices, olvidando que no son cosas desligadas, si no que tienen demasiado que ver la una con la otra. Debería de tratarse de que cuanto más vivamos más fácil nos fuera aceptar la vida como un juego y por lo tanto, saber disfrutar de ella desde nuestra nueva condición de "sabios". Y sin embargo, cuanto más luchamos por crecer en la vida que el mundo ha creado para nosotros más nos olvidamos de lo que éramos antes, de lo que soñábamos, de lo fácil que era sacarnos una sonrisa.
La transición de niño a adulto nos cambia también hacia un mundo donde las sonrisas son caras, y las alegrías costosas. Un mundo inconformista y exigente. Pero que después de todo sigue siendo el mismo mundo en el que tu dibujo podía no ser el más maravilloso, pero tras unos interminables 20 minutos de realización te parecía la obra de arte de tu vida, y, salvo que alguien del mundo de los mayores te sacara de tu "ignorancia", jamás renunciarías a ella. Hoy somos nuestro peor crítico, amamos las obras de los demás y nos cuesta amar las nuestras propias, deshechamos nuestros logros como insuficientes olvidando que no es la obra, que lo importante es el creador y lo que ha crecido con ella... En definitiva, pagamos caras nuestras sonrisas.