Frase

Nunca desistas en el aprendizaje

lunes, 16 de enero de 2012

Ritmo

No se les puede poner nombre, pero se sabe cuando son perfectos.
Tienen un ritmo que no siempre es fácil de sentir y que en ocasiones necesita de un plural. Empieza desde la primera mirada, cuando tus ojos saben antes que tus labios qué es lo que anhelan, y te acercas, sin despegar la vista de aquello que tanto deseas, y es entonces cuando comienzas a sentir el ritmo... Cuando tu cabeza gira lentamente, buscándolos y el deseo se te hace más y más intenso. Pero no te precipitas, porque estás vibrando con ese ritmo, tan sólo te acercas y sientes su suspiro en tus labios y no puedes hacer otra cosa que desearlo. Su mano se posa lentamente en tu cintura y te transmite toda su calidez y toda su pasión. Y cuando sus labios te rozan tu único propósito es demostrarle cuanto los deseas, cuanto le deseas, y caes en el instante perdido mientras todo tu cuerpo sigue el acompasado ritmo que ambos habéis marcado. Porque hay cosas en las que no se puede ser egoísta.
Me gustaría poder ponerles nombre, pero únicamente puedo decir que son perfectos.

miércoles, 4 de enero de 2012

Máscaras

Hay veces en que las personas nos vemos obligadas a fingir. Un día ocurre algo en tu vida que lo cambia todo y de repente ya no somos los mismos de antes. Pero no podemos expresar como es debido lo que nos está ocurriendo. Siempre tenemos que guardar la parte que consideramos que no será aceptada por la sociedad. Creamos una máscara tras la que ocultarnos para evitar hablar de aquello que nos atemoriza y así poder aparentar que todo sigue igual. El cambio que nos atrevemos a mostrar al mundo es tan minúsculo, tan leve, que apenas es perceptible, lo justo para que unos ojos avispados capten el mensaje y se lancen en nuestra ayuda.
Lo malo es que hoy en día casi no quedan ojos avispados.
Sin embargo esto no pasa en el mundo animal. Si un gato tiene miedo se mostrará huidizo y distante sin ningún reparo. Chillará a los cuatro vientos, haciendo gala de toda su expresión corporal, que no se siente a gusto, que necesita ayuda. Pero los seres humanos somos animales muy poco atentos y tampoco somos capaces de captar estas señales. No somos capaces de ver que detrás de un mal comportamiento hay un miedo irracional al abandono. No entendemos que todo el desdén se debe a que está tratando de buscar un lugar de nuevo, que tan sólo busca más atención.
El problema es que nos hemos quedado sordos y ciegos. No atendemos a las señales que aulla un lobo en mitad de la noche cuando, desesperado, busca su Luna, ni entendemos a un alma perdida que no encuentra sentido a su existencia y no sabe qué otros mil modos utilizar para obtener un poco de dulzura, un poco de atención.
Todos nosotros somos almas atormentadas, pero eso no justifica nuestra ceguera ante la realidad de quien suplica un poco más alto que uno mismo.
Aún no comprendimos que si conseguimos ayudarlos a ellos no será tan difícil nuestro propio rescate.