Frase

Nunca desistas en el aprendizaje

lunes, 12 de diciembre de 2011

Como tantos

"Dios, que asco de existencia"
Hay días en los que el clima se te pega al alma y se aferra a ella como una mujer suplicante. Anida en lo más profundo de lo que uno es y te contagia de todo ese frío húmedo que te empapa los huesos, el ánimo y las ganas.
Entonces llega un insensible mosquito y te pica y eso se convierte en una amenaza de muerte porque tu hasta entonces tibio corazón se ha congelado creando témpanos débiles y quebradizos, cambiándolos por sentimientos. Y ese maldito, insignificante e insensible mosquito te ha picado, y ya no hay nada más que puedas hacer porque tu mundo se acaba de derrumbar, de nuevo. El clima te atenaza el alma y no puedes ni respirar y entonces llegan esas débiles gotitas que tratan de escapar para evitar una desgracia mayor. Y tu pequeño, frágil y cada vez menos tibio corazón no sabe cuando podrá recuperarse, se lamenta de haber dejado pasar a ese clima tan frío... Pero qué puede hacer... todo está demasiado frío para poder desembarazarse del clima y dejar paso a la calidez de la que antes hacía gala, esa fortaleza de la que antes era dueño pero que ahora no encuentra por ninguna parte.
Está esperando sentado a que el sol salga y lo cambie todo con su calidez.
-Dios, que asco de existencia - dice enrabietado contra el mundo y de nuevo... Rompe a llorar.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Ella

Había personas tristes por todos lados, pero ninguna como ella. Pacientemente miraba hacia el suelo esperando que el vagón del metro arrancase, pensando en nada y en todo, con esa mente bulliciosa que nunca descansa. Su mirada era tan distante como dos enamorados tras su primera pelea, queriendo y no que todo esté bien. Había toda clase de ojos tristes en aquel vagón, ojos cansados y tristes, ojos desmoralizados, ojos en paro... pero ningunos ojos eran tan tristes como los de ella. Ella tenía los ojos más tristes que jamás he visto y la cara más apagada y melancólica que recuerdo, la suya no era una melancolía normal, si no una de aquellos que han vivido demasiadas cosas que no querían vivir, pero que no son lo suficientemente importantes como para escribir un libro. Su cara era como un poema apagado. Yo he visto caras melancólicas y tristes, pero ninguna como la de ella. Tenía también unas piernas cansadas, cansadas y tristes y también un poco doloridas., pero sobre todo tristes. Nunca vi unas piernas como las de ella, cargaban con un dolor, el dolor de sus botas de montaña, el dolor de esos pantalones rotos, el dolor de un sentimiento que no se puede definir porque vaga entre la insignificancia más absoluta y la melancolía en su estado más puro. Es esa tristeza da quien creyó tenerlo todo y despertó sola en una habitación aún confusa por sueños extraños e irreales y teniendo que enfrentarse a una realidad no deseada. Cada parte de su cuerpo reflejaba lo que su cansada alma cargaba y no pude dejar de sentir lástima por ella, me preguntaba una y otra vez cual sería el medio que tenía para sostenerse en este mundo y no evaporarse hacia otros mejores cuando, de pronto, se le acercó una señora y miró hacia el asiento que ocupaba su mochila, ella, con una gran sonrisa cansada, triste y melancólica apartó la mochila y se arrimó un poco más a la pared del vagón, dejando espacio suficiente. Fue esa sonrisa, esa cansada pero sincera sonrisa la que me desveló todos sus misterios. Vive porque, a pesar de no haber una tristeza como la suya, ella tiene demasiado amor que dar.