Frase

Nunca desistas en el aprendizaje

martes, 20 de agosto de 2013

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No niego el hecho de que la vida nunca se dignase a esperarnos, pero lo que sí es cierto es que nosotros jamás fuimos capaces de subirnos juntos al mismo tren.

Lo que me parecía más impresionante de todo esto, de esto nuestro era que ente él y yo parecía que nada iba a dejar de fluir, que nunca pararían de crecer las sensaciones que despertábamos el uno en el otro. Casi sin saberlo estábamos creando una historia de esas que salen a veces en las películas, que te emocionan, te hacen reír y llorar; de esas que te inundan la noche del domingo y te hacen preguntarte si alguna vez podrás vivir algo así. Pero lo que diferencia esta historia de todas esas, lo que la diferencia de todas las demás, es que ni la vida, ni el destino se empeñaron en separarnos, si no más bien al contrario. Fueron estas dos circunstancias las que nos unieron y fuimos nosotros mismos quienes decidimos dejarnos escapar el uno al otro.

Si trato de ser fiel a lo sucedido y exprimo poco a poco y con toda la delicadeza que me queda todos los recuerdos que guardo de nosotros, logrando así aislarlos de todos los demás, podría decir que el comienzo de esta historia no tiene nada de especial, ni de trascendente, ni de mágico. Simplemente él se fijó en mí y a mi nunca me desagradó él. Me cuesta mucho pensar que el azar aquí fue el único que movió hilos e hizo enredos. Para mi no existen las casualidades y conocerle a él definitivamente no fue una excepción.
Coincidimos en clase juntos, lo que podría parecer irrelevante, pero es imprescindible tener en cuenta el hecho de que yo no quería por nada del mundo el horario de tarde y que, por pura “casualidad” no pude si no conformarme. Yo comencé el curso con el corazón ocupada, el alma perdida y las ideas rotas; sin saber si el amor era una cosa de dos o de uno sólo, sin saber que el que jugasen con uno no era sinónimo de querer y pensando que lo que tenía era el sentimiento más pleno que jamás iba a vivir. A él le acababan de romper el corazón.
Sin saber muy bien cómo, se resquebrajó toda luz con la que yo miraba al que corría dentro de mis pensamientos engañando a mi corazón y el resultado fue un corazón roto más caminando sobre la tierra. Y en esto comenzamos a hablar. Me refiero a él y a mi, a nosotros. No nos decíamos gran cosa, pero yo sabía que, de poder escoger, escogería a alguien que fuese capaz, como era él, de llenarme con palabras. Pero siempre creí que caminábamos por esferas distintas, por universos paralelos destinados a jamás encontrarse y yo no tenía corazón para sueños.
Cuando volví del viaje en el que mi alma por fin se encontró con el lugar al que pertenecía, ya libre de todo miedo, de toda excusa, fueron nuestros días tropezando con mayor frecuencia. Pues aunque nuestros rostros se veían a diario, eran pocas las palabras que logramos intercambiar y siempre que nos encontrábamos era a través de la comodidad de una pantalla y era entonces cuando de verdad hablábamos, a ratos y dejando escapar el tiempo que tanta falta nos haría después. Primero comencé siendo su simple secretaria y prácticamente esa era la única excusa que teníamos para hablar; pero fuimos gestando una confianza extraña, especial. Una especie de confesionario lleno de secretos. Y me gustaba ver que al llegar a casa, rodeada de la soledad de un cuarto demasiado pequeño para crecer, estaba él dispuesto a responder cada vez que yo le mandase palabras.
Y el tiempo se iba escapando, y a nosotros parecía no importarnos, porque yo no sabía que existía para él más allá de esa pantalla. Se escapaba porque yo estaba enganchada con otro ludópata de corazones y él estaba sanando gracias a una mujer a la que no podía dejar de querer sin poder amar, pues sentía que le debía un pedazo de sus sentimientos. Tiempo durante el cual yo nunca fui capaz de dejar de buscarle, de dejar de disfrutar de nuestras conversaciones, vacías y no, de confesiones a medias y de silencios infinitos, porque sabía que siempre, siempre, habría una respuesta y si el día estaba inspirado, esa respuesta me inundaría y me haría desear un futuro al que no creía estar destinada. Un futuro a su lado.
Comenzaron los comentarios indiscretos por aquellos que nos veían día a día y las apuestas a cerca de mis sentimientos y de los suyos. Pero yo tenía muy claro que él nunca estaría con alguien como yo, que nunca podría reflejar nada en su mirada y que las ilusiones infantiles se quedan en eso. Así que yo trataba de borrar de mi cabeza su nombre antes de irme a dormir y trataba de no saludar por las noches a esa fría pantalla cuando sabía que él se encontraba en el otro lado. Y trataba de mirarle con otros ojos que no eran los míos. Porque lo que más me aterraba de todo aquello era darle alas a mi corazón vagabundo de sueños y que se prendiera y volviese a romper a llorar en la oscuridad y el silencio. Pero sentí que él me quería, de algún modo, no sé si como amiga o como compañera o confesora, el caso es que en nuestro primer abrazo sentí que no se trataba de una simple y cordial despedida, que había un cariño enterrado detrás de las conversaciones y la cordialidad. Sentí como si él quisiese que yo supiera que ocupaba un lugar especial. Pero realmente me hice jurar a mí misma que se trataban de imaginaciones mías y no quise pensar más en ello. Aunque guardé ese recuerdo en un lugar especial.
Y fue tras una noche de confidencias y consejos, de miedos expuestos bajo la frialdad de una pantalla cuando estalló todo. Cuando él repitió que me echaría de menos y yo sentí que ojalá no fuesen simples palabras. Cuando al día siguiente le di el abrazo que le había prometido y esa vez sí que sentí que quería fundirse en mi. Y yo no pude por menos que disfrutar infinitamente de su olor, que se había quedado impregnado en mi, en ese momento pensé que para siempre. Y con el corazón palpitante comenzamos a hablar, esta vez a hablar diciendo verdades y descubriendo que los imposibles no lo son tanto y que podía existir un plural ente él y yo. Al menos a través de palabras.
Pero él conocía mi futuro y sus planes, ese nuevo mundo en el que yo me iba adentrando, ese nuevo mundo extraño y paralelo a todo lo que él era y aún así y con ello, quiso seguir desnudándome con palabras. Confesándonos silencios y disfrutando de lo que juntos íbamos haciendo florecer. Ese día yo no sabía qué creer, si en la verdad de sus palabras, o en el miedo que iba creciendo en mi a la par que los sentimientos. Pero, aún no entiendo cómo, logró ir durmiendo poco a poco todos esos miedos, apartando de mi mente las incertidumbres y provocando en mi algo totalmente nuevo, fuerte y vivo, algo que aún hoy no ha dejado de crecer. Esos días en los que aún nuestras miradas no se habían encontrado con franqueza, ni nuestras manos se conocían, ni nuestros labios, ni nuestros cuerpos aún, esos días pasaron sumergidos entre la incertidumbre y la espera de un futuro que creíamos conocer.
Futuro que se cumplió pues nuestras miradas finalmente se encontraron, pero primero lo hicieron nuestras manos y nuestros labios, y nos miramos y nos vimos y comenzamos a crear esos momentos que son y serán sólo nuestros y para siempre. Esos en los que se fueron conociendo nuestros cuerpos despacio y con ritmo, momentos en los que la noche nunca era suficiente para acabar de mirarnos y de conocerse nuestro tacto. Y no pude por menos que enamorarme perdidamente de sus manos, de su firmeza y de esa suavidad eterna que sólo él puede darles, del modo en que se empeñan en conocer hasta el último rincón de mi cuerpo e inundarlo de una ternura infinita. Hasta ese momento en el que nos asomamos el uno al otro y nos vimos viéndonos yo no supe lo que era la felicidad entre dos cuerpos, no supe que el amor no está sólo en las palabras, si no que palpita en cada poro, en cada centímetro de piel entre él y yo. Entre amante y amante.
Poco a poco fuimos creando nuestros recuerdos, y guardándolos en cofres indestructibles, lejos de todo daño del tiempo, lejos de todo aquello que pudiera corromperlos. Fuimos destapando palabras que nos hacían despertar el uno en el otro sin remedio, inundando cada uno de nuestros rincones. Fuimos haciéndonos presa y cazador al mismo tiempo. Y comencé a temerle al descubrir lo que era capaz de crear en mi a través de una simple caricia, a través de unas palabras susurradas, de una mirada cómplice. Y comencé a anhelar todo lo que creaba en mí si esa insulina no me llegaba día a día y empecé a escribirle poemas y a meterle en mis sueños, en esos que llegan cuando aún tienes los ojos abiertos.
El tiempo se convirtió en estos pocos días en nuestro peor enemigo y todo lo que fuimos creando fue a sabiendas de que, más temprano que tarde, tendría que terminar. Que nuestra historia no era si no un pasado antes siquiera de ser presente, que el futuro no tenía cabida en esta historia. Y las horas parecían jugarnos una mala pasada, se reían de nosotros adelantando las manecillas del reloj y viendo nuestra cara de espanto al darnos cuenta de que ya no habría más besos, ni más miradas, ni más calor hasta el día siguiente.
Las diminutas escamas que habían comenzado a prenderse a mi piel, como piezas de un puzle casi perfecto, comienzan a caerse, lenta y suavemente del mismo modo en que tus manos me acarician al despertarse. Y se caen a la par que se escapa el tiempo. Empujadas por la cordura
de un futuro, a la que nunca le gustaron los presentes en plural. Pero mientras dure, mientras el tiempo las deje no se evaporarán del todo. Esa segunda piel que creamos por el que ha sido el cuento más breve y el más exquisito jamás escrito. Y sobre el que nadie escribirá, salvo estos recuerdos que se evaporarán cuando la cuenta atrás finalice.
Pero el tiempo, el azar o el destino para según que escépticos, decidió regalarnos una prórroga unos días más para continuar alimentando esto que creíamos comenzar a sentir que sería eterno y lo fue y lo es. Cada día era uno menos para nosotros, uno más para nuestros corazones que, aunque empapados, seguían absorbiendo con avidez todo lo que quisimos darles e incluso lo que no. Bebieron de nosotros como si nunca les hubiesen dado de comer y crearon versos en mi que escapaban entre mis dedos, sin posibilidad de controlarlos.
Me inundas los momentos. Quiero grabar nuestros tiempos con mi cámara de sentimientos y sensaciones. Para no olvidarte nunca, para no olvidarnos. Quiero beber hasta el último milímetro de lo que suspiras. Beber cada segundo de tus manos. Respirar cada instante de nuestros besos. Sumergirme de cabeza y hasta los pies en todos tus sentidos. Y vivirlo todo y vivirte a ti. Quiero que se me escapen las palabras pues me muerden en el interior del estómago me muerden el pecho y los labios. Quiero decirte que te quiero y que te amo. Aunque el mañana no exista. Aunque no exista un mañana para nosotros.
Y resultó que cuando definitivamente nuestro tiempo terminó, el calor y los besos cesaron en una bulliciosa estación de autobuses, cuando la distancia se convirtió en algo físico y ya no estaban nuestros cuerpos para encontrarse y fundirse olvidando todo lo demás. Cuando dejó de existir el calor de él en su abrazo y el cerrar los ojos e inundarme de su olor. Es ahora, en la distancia, cuando ha comenzado a crecer descontroladamente y sin remedio todo lo que habíamos ido regando. Y yo no puedo dejar de anhelar la luz que su mirada despierta en mi vientre, ni logro olvidar sus manos. Ni su respiración sobre mi cuello, ni el sabor de sus besos, ni la ternura infinita que sólo en él puedo encontrar, sólo en su abrazo, sólo en sus besos.
Y nos convertimos en uno en palabras y en sentimiento, y todo lo que yo podía desear era su infinita felicidad y cada día pedía y rogaba, no sin los ojos anegados de lágrimas, que entrase en su vida una persona, una mujer que realmente pudiera hacerle feliz, con la que pudiera gastar sus días y sus horas, sin obstáculos. Una mujer con la que descubrir un mundo aún mayor del que él y yo logramos descubrir. Pero no pude dejar de amarle, ni dejar de necesitar sus palabras, ni dejar de recrearme en nuestros recuerdos. Y seguí soñando con soñarle y pensándole al abrir los ojos. Porque me resulta imposible no sentir que se ha adentrado en lo más profundo de mi corazón y se ha extendido como la más sublime de las ponzoñas, recorriendo cada instante de mi, cada segundo de mi cuerpo, cada milímetro de mi mente. Se ha llegado a convertir en mi casi-todo al igual que yo para él soy su casi-todo.
Y es por eso la imposibilidad de estar juntos, la incapacidad que tienen nuestros mundos de encontrarse. Crecieron nuestras almas en mundos diferentes que estallaron en el único momento en el que era posible su encuentro y crecieron y amaron y se desangraron la una en la otra. Pero no escribió nadie que debieran de estar juntos y el azar es siempre un mal amigo. Nuestros trenes no tienen el mismo recorrido, ni siquiera sé si viajan paralelos.
Pero siempre voy a recordarle como el más bello recuerdo de amor, como el más intenso sentimiento. Como mi primer mundo, como el mejor pálpito del corazón. Como es y ha sido nuestro encuentro. Como que eres mi todo y no quiero separarme de ti.

Como la fugaz eternidad del encuentro inmediato entre dos almas pertenecientes a universos distintos.



lunes, 5 de agosto de 2013

Los pájaros se suicidan

          Empezó siendo como un verano cualquiera, uno de esos veranos de calor asfixiante, quemaduras de sol y aire denso. Uno de esos en los que sólo apetece salir de casa como ser nocturno, o para darse un baño en cualquier río donde las aguas fluyan en abundancia. De esos en los que, al pararse a hacer memoria uno encuentra que el calor del recuerdo separa las voces de la historia y todo aparece como a cámara lenta. Realmente no parecía que fuese a tener nada que otros veranos no hubiesen tenido antes, ni nada que otros veranos no fuesen a tener después, era uno más entre ellos, repetitivo en sus costumbres, un verano de sol y pocas nubes, un verano desapercibido en la historia. 
         Pero sin embargo había algo extraño, algo que no había ocurrido ningún otro verano antes, no al menos hasta donde mis cansados recuerdos pueden alcanzar. Algo era diferente, había un olor extraño quizás, una especie de espesura en el ambiente, un no se qué (que se suele decir) que te hacía pensar que, a pesar de todo su empeño en la cotidianeidad, este verano sería diferente. Porque si uno afinaba el oído y cerraba los ojos, paraba el bombeo de su corazón y el crujir de sus articulaciones y cortaba por completo el sonido de su respiración, podía llegar a escuchar, aunque muy levemente, una especie de sosegado susurro, clamoroso y triste, de esos que te oprimen el corazón y te lo apagan. Un callado lamento de un amor roto. Lo que pasa es que uno siempre puede justificar esa clase de cosas, puede tratar de creer que lo que realmente ha escuchado han sido unas sordas pisadas, o alguna hoja que perdida iba siendo mecida por el viento. Sin embargo, en el lugar más recóndito de tu conciencia quedaba latente la certeza de que, en ese mismo instante, un romance apasionado de esos de las películas antiguas; pero no de los que se sella la verdad del amor en un candado que tanto se ven hoy día y en los que  jamás se cumple la intención del siempre; sino uno de esos que aparecen en las obras de Shakespeare, de esos por los que se daría media alma y todo el cuerpo, de esos en los que se trataría de engañar a la muerte y a D-s mismo, si fuera necesario. 
           Y esa idea no dejaba de latir en mi conciencia haciendo arder el miedo. Lo único que podía hacer era salir a indagar acerca de ese sordo lamento, ese crujir solitario, ese futuro olvido del plural. Me puse a deambular por las calles buscando quizás una respuesta, una prueba de lo que mi corazón me decía que estaba ocurriendo. Tratando de encontrar el modo de demostrar que este verano estaba sucediendo algo enorme, un grandísimo desastre. Paseé entre las calles sin sombra, recibiendo un abrazo demasiado cercano del sol, no sé ni cuantas horas. Fueron tantas que no sólo me pesaban las piernas y los dedos de las manos, sino que el pelo y las pestañas, el aire y la voz suponían el mayor fardo que jamás cargué. Pero este extremo paseo no fue en vano porque finalmente hallé lo que andaba buscando: de cualquier manera, tendido sobre el suelo, vi a un precioso mirlo con la perdida mirada de la muerte en sus ojos y entonces mi corazón se aceleró en su trabajo, mis ojos parpadearon tratando de sostener lágrimas que parecían charcos. Supe que mis mayores miedos eran más que ciertos, todo lo que temía estaba ocurriendo. Volví lo más pronto que pude a casa y dejé que mis párpados descansaran y descargaran todo el dolor que mi agitado corazón sentía, no pude evitarlo, no tenía otro modo de expresar todo el sentimiento que se estaba amontonando sobre mi. Esto marcaba un antes y un después en toda historia. Este verano, este no tan corriente verano estaba destinado a ser el último cargado de historias sin finales, de historias felices.                                                 
             Los pájaros se estaban suicidando.
            En las semanas que siguieron a este día, pude ver otros pájaros como el joven mirlo, lleno su cuerpo aún de vida, pero con el corazón y los ojos vacíos; yaciendo  inertes sobre las aceras, entre los matorrales y en las escaleras de entrada, a la orilla de los ríos, sobre los bancos de los parques.  Muertos, de pena y miedo, muertos de amor. Los pájaros se estaban suicidando, y no había manera de detenerlo. Esos amores que tanta vida habían dado, que habían permitido que los engranajes de un mundo perfecto siguieran girando en constante movimiento, se estaban parando. Y los pájaros, más sabios que tú y desde luego mucho más sabios que yo, estaban muriéndose de pena uno a uno, a la par que cada amor. Ellos habían sido los acompañantes, los guardianes de cada uno de ellos y conforme se evaporaba el amor entre dos amantes, cuando el amor se rompía en mil pedazos, se hacía cientos de desolados añicos y dejaba de existir el plural entre dos almas, esos pobres pájaros que instantes atrás fueron testigos, no pudieron encontrar más motivos para su pequeña pero valiosa existencia. Todos y cada uno de los pájaros que vi ese verano representaban una historia con final, una historia rota, una familia menos. Él y Ella ya no envejecerían juntos, Ellos ya no narrarían las pericias de su amor a sus nietos, no pasearían de la mano bajo la lluvia, ni pisotearían hojas en otoño, tampoco tararearían abrazados una canción pasada de moda. Ya no habría más historia sin precedentes.
          Nunca más mis veranos volvieron a ser como habían sido hasta entonces, ya no se volvió a escuchar acerca de esos amores de verano, ni de los besos grandes y terribles que consumían la eternidad de todo lo que les rodeaba. No se volvió a sentir de nuevo ese ardor abrasador del sol. Se apagaron levemente las risas de enamorados, la luz de las miradas, se templaron las aguas y nunca volvieron a ser tan refrescantes como lo fueron un día antes de ese verano. Y sobre todo, lo que nunca se volvió a escuchar fue el canto uniforme de los pájaros en las mañanas de primavera, ya no volvieron a despertar melodías en las almas de quienes los escuchaban.
        Sin duda, ese verano fue una gran pérdida para muchos, no sólo para los amantes. Novelistas, guionistas, incluso los escritores de cuentos infantiles sufrieron la consecuencia de lo que sucedió aquel verano. Ya no cabía en la mente de ninguno de ellos la idea de un siempre entre dos almas, dejó de ser una realidad para todo el mundo por triste que resulte. Por eso creo que esta historia tenía que llegaros ahora y no más tarde, igual que se la conté a vuestros padres cuando ellos tenían vuestra edad, aún estáis a tiempo de crear unos lazos eternos, aún podéis aprender cómo se puede vivir el amor. Vuestro abuelo y yo fuimos lo suficientemente valientes para luchar contra el abrasador paso del tiempo y contra las frías noches de escarcha para que los ojos de nuestro ruiseñor continuasen con vida. 
         Y aún hoy, en las templadas mañanas de primavera se puede escuchar, si se prestan oídos atentos, al testigo de este amor de supervivientes.