No niego el hecho de que la vida nunca se dignase a
esperarnos, pero lo que sí es cierto es que nosotros jamás fuimos
capaces de subirnos juntos al mismo tren.
Lo que me parecía más impresionante de todo esto, de esto nuestro
era que ente él y yo parecía que nada iba a dejar de fluir, que
nunca pararían de crecer las sensaciones que despertábamos el uno
en el otro. Casi sin saberlo estábamos creando una historia de esas
que salen a veces en las películas, que te emocionan, te hacen reír
y llorar; de esas que te inundan la noche del domingo y te hacen
preguntarte si alguna vez podrás vivir algo así. Pero lo que
diferencia esta historia de todas esas, lo que la diferencia de todas
las demás, es que ni la vida, ni el destino se empeñaron en
separarnos, si no más bien al contrario. Fueron estas dos
circunstancias las que nos unieron y fuimos nosotros mismos quienes
decidimos dejarnos escapar el uno al otro.
Si trato de ser fiel a lo sucedido y exprimo poco a poco y con toda
la delicadeza que me queda todos los recuerdos que guardo de
nosotros, logrando así aislarlos de todos los demás, podría decir
que el comienzo de esta historia no tiene nada de especial, ni de
trascendente, ni de mágico. Simplemente él se fijó en mí y a mi
nunca me desagradó él. Me cuesta mucho pensar que el azar aquí fue
el único que movió hilos e hizo enredos. Para mi no existen las
casualidades y conocerle a él definitivamente no fue una excepción.
Coincidimos en clase juntos, lo que podría parecer irrelevante, pero
es imprescindible tener en cuenta el hecho de que yo no quería por
nada del mundo el horario de tarde y que, por pura “casualidad”
no pude si no conformarme. Yo comencé el curso con el corazón
ocupada, el alma perdida y las ideas rotas; sin saber si el amor era
una cosa de dos o de uno sólo, sin saber que el que jugasen con uno
no era sinónimo de querer y pensando que lo que tenía era el
sentimiento más pleno que jamás iba a vivir. A él le acababan de
romper el corazón.
Sin saber muy bien cómo, se resquebrajó toda luz con la que yo
miraba al que corría dentro de mis pensamientos engañando a mi
corazón y el resultado fue un corazón roto más caminando sobre la
tierra. Y en esto comenzamos a hablar. Me refiero a él y a mi, a
nosotros. No nos decíamos gran cosa, pero yo sabía que, de poder
escoger, escogería a alguien que fuese capaz, como era él, de
llenarme con palabras. Pero siempre creí que caminábamos por
esferas distintas, por universos paralelos destinados a jamás
encontrarse y yo no tenía corazón para sueños.
Cuando volví del viaje en el que mi alma por fin se encontró con el
lugar al que pertenecía, ya libre de todo miedo, de toda excusa,
fueron nuestros días tropezando con mayor frecuencia. Pues aunque
nuestros rostros se veían a diario, eran pocas las palabras que
logramos intercambiar y siempre que nos encontrábamos era a través
de la comodidad de una pantalla y era entonces cuando de verdad
hablábamos, a ratos y dejando escapar el tiempo que tanta falta nos
haría después. Primero comencé siendo su simple secretaria y
prácticamente esa era la única excusa que teníamos para hablar;
pero fuimos gestando una confianza extraña, especial. Una especie de
confesionario lleno de secretos. Y me gustaba ver que al llegar a
casa, rodeada de la soledad de un cuarto demasiado pequeño para
crecer, estaba él dispuesto a responder cada vez que yo le mandase
palabras.
Y el tiempo se iba escapando, y a nosotros parecía no importarnos,
porque yo no sabía que existía para él más allá de esa pantalla.
Se escapaba porque yo estaba enganchada con otro ludópata de
corazones y él estaba sanando gracias a una mujer a la que no podía
dejar de querer sin poder amar, pues sentía que le debía un pedazo
de sus sentimientos. Tiempo durante el cual yo nunca fui capaz de
dejar de buscarle, de dejar de disfrutar de nuestras conversaciones,
vacías y no, de confesiones a medias y de silencios infinitos,
porque sabía que siempre, siempre, habría una respuesta y si el día
estaba inspirado, esa respuesta me inundaría y me haría desear un
futuro al que no creía estar destinada. Un futuro a su lado.
Comenzaron los comentarios indiscretos por aquellos que nos veían
día a día y las apuestas a cerca de mis sentimientos y de los
suyos. Pero yo tenía muy claro que él nunca estaría con alguien
como yo, que nunca podría reflejar nada en su mirada y que las
ilusiones infantiles se quedan en eso. Así que yo trataba de borrar
de mi cabeza su nombre antes de irme a dormir y trataba de no saludar
por las noches a esa fría pantalla cuando sabía que él se
encontraba en el otro lado. Y trataba de mirarle con otros ojos que
no eran los míos. Porque lo que más me aterraba de todo aquello era
darle alas a mi corazón vagabundo de sueños y que se prendiera y
volviese a romper a llorar en la oscuridad y el silencio. Pero sentí
que él me quería, de algún modo, no sé si como amiga o como
compañera o confesora, el caso es que en nuestro primer abrazo sentí
que no se trataba de una simple y cordial despedida, que había un
cariño enterrado detrás de las conversaciones y la cordialidad.
Sentí como si él quisiese que yo supiera que ocupaba un lugar
especial. Pero realmente me hice jurar a mí misma que se trataban de
imaginaciones mías y no quise pensar más en ello. Aunque guardé
ese recuerdo en un lugar especial.
Y fue tras una noche de confidencias y consejos, de miedos expuestos
bajo la frialdad de una pantalla cuando estalló todo. Cuando él
repitió que me echaría de menos y yo sentí que ojalá no fuesen
simples palabras. Cuando al día siguiente le di el abrazo que le
había prometido y esa vez sí que sentí que quería fundirse en mi.
Y yo no pude por menos que disfrutar infinitamente de su olor, que se
había quedado impregnado en mi, en ese momento pensé que para
siempre. Y con el corazón palpitante comenzamos a hablar, esta vez a
hablar diciendo verdades y descubriendo que los imposibles no lo son
tanto y que podía existir un plural ente él y yo. Al menos a través
de palabras.
Pero él conocía mi futuro y sus planes, ese nuevo mundo en el que
yo me iba adentrando, ese nuevo mundo extraño y paralelo a todo lo
que él era y aún así y con ello, quiso seguir desnudándome con
palabras. Confesándonos silencios y disfrutando de lo que juntos
íbamos haciendo florecer. Ese día yo no sabía qué creer, si en la
verdad de sus palabras, o en el miedo que iba creciendo en mi a la
par que los sentimientos. Pero, aún no entiendo cómo, logró ir
durmiendo poco a poco todos esos miedos, apartando de mi mente las
incertidumbres y provocando en mi algo totalmente nuevo, fuerte y
vivo, algo que aún hoy no ha dejado de crecer. Esos días en los que
aún nuestras miradas no se habían encontrado con franqueza, ni
nuestras manos se conocían, ni nuestros labios, ni nuestros cuerpos
aún, esos días pasaron sumergidos entre la incertidumbre y la
espera de un futuro que creíamos conocer.
Futuro que se cumplió pues nuestras miradas finalmente se
encontraron, pero primero lo hicieron nuestras manos y nuestros
labios, y nos miramos y nos vimos y comenzamos a crear esos momentos
que son y serán sólo nuestros y para siempre. Esos en los que se
fueron conociendo nuestros cuerpos despacio y con ritmo, momentos en
los que la noche nunca era suficiente para acabar de mirarnos y de
conocerse nuestro tacto. Y no pude por menos que enamorarme
perdidamente de sus manos, de su firmeza y de esa suavidad eterna que
sólo él puede darles, del modo en que se empeñan en conocer hasta
el último rincón de mi cuerpo e inundarlo de una ternura infinita.
Hasta ese momento en el que nos asomamos el uno al otro y nos vimos
viéndonos yo no supe lo que era la felicidad entre dos cuerpos, no
supe que el amor no está sólo en las palabras, si no que palpita en
cada poro, en cada centímetro de piel entre él y yo. Entre amante y
amante.
Poco a poco fuimos creando nuestros recuerdos, y guardándolos en
cofres indestructibles, lejos de todo daño del tiempo, lejos de todo
aquello que pudiera corromperlos. Fuimos destapando palabras que nos
hacían despertar el uno en el otro sin remedio, inundando cada uno
de nuestros rincones. Fuimos haciéndonos presa y cazador al mismo
tiempo. Y comencé a temerle al descubrir lo que era capaz de crear
en mi a través de una simple caricia, a través de unas palabras
susurradas, de una mirada cómplice. Y comencé a anhelar todo lo que
creaba en mí si esa insulina no me llegaba día a día y empecé a
escribirle poemas y a meterle en mis sueños, en esos que llegan
cuando aún tienes los ojos abiertos.
El tiempo se convirtió en estos pocos días en nuestro peor enemigo
y todo lo que fuimos creando fue a sabiendas de que, más temprano
que tarde, tendría que terminar. Que nuestra historia no era si no
un pasado antes siquiera de ser presente, que el futuro no tenía
cabida en esta historia. Y las horas parecían jugarnos una mala
pasada, se reían de nosotros adelantando las manecillas del reloj y
viendo nuestra cara de espanto al darnos cuenta de que ya no habría
más besos, ni más miradas, ni más calor hasta el día siguiente.
Las diminutas escamas que habían comenzado a prenderse a mi piel,
como piezas de un puzle casi perfecto, comienzan a caerse, lenta y
suavemente del mismo modo en que tus manos me acarician al
despertarse. Y se caen a la par que se escapa el tiempo. Empujadas
por la cordura
de un futuro, a la que nunca le gustaron los presentes en plural. Pero mientras dure, mientras el tiempo las deje no se evaporarán del todo. Esa segunda piel que creamos por el que ha sido el cuento más breve y el más exquisito jamás escrito. Y sobre el que nadie escribirá, salvo estos recuerdos que se evaporarán cuando la cuenta atrás finalice.
de un futuro, a la que nunca le gustaron los presentes en plural. Pero mientras dure, mientras el tiempo las deje no se evaporarán del todo. Esa segunda piel que creamos por el que ha sido el cuento más breve y el más exquisito jamás escrito. Y sobre el que nadie escribirá, salvo estos recuerdos que se evaporarán cuando la cuenta atrás finalice.
Pero el tiempo, el azar o el destino
para según que escépticos, decidió regalarnos una prórroga unos
días más para continuar alimentando esto que creíamos comenzar a
sentir que sería eterno y lo fue y lo es. Cada día era uno menos
para nosotros, uno más para nuestros corazones que, aunque
empapados, seguían absorbiendo con avidez todo lo que quisimos
darles e incluso lo que no. Bebieron de nosotros como si nunca les
hubiesen dado de comer y crearon versos en mi que escapaban entre mis
dedos, sin posibilidad de controlarlos.
Me inundas los momentos. Quiero grabar nuestros tiempos con mi
cámara de sentimientos y sensaciones. Para no olvidarte nunca, para
no olvidarnos. Quiero beber hasta el último milímetro de lo que
suspiras. Beber cada segundo de tus manos. Respirar cada instante de
nuestros besos. Sumergirme de cabeza y hasta los pies en todos tus
sentidos. Y vivirlo todo y vivirte a ti. Quiero que se me escapen las
palabras pues me muerden en el interior del estómago me muerden el
pecho y los labios. Quiero decirte que te quiero y que te amo. Aunque
el mañana no exista. Aunque no exista un mañana para nosotros.
Y resultó que cuando
definitivamente nuestro tiempo terminó, el calor y los besos cesaron
en una bulliciosa estación de autobuses, cuando la distancia se
convirtió en algo físico y ya no estaban nuestros cuerpos para
encontrarse y fundirse olvidando todo lo demás. Cuando dejó de
existir el calor de él en su abrazo y el cerrar los ojos e
inundarme de su olor. Es ahora, en la distancia, cuando ha comenzado
a crecer descontroladamente y sin remedio todo lo que habíamos ido
regando. Y yo no puedo dejar de anhelar la luz que su mirada
despierta en mi vientre, ni logro olvidar sus manos. Ni su
respiración sobre mi cuello, ni el sabor de sus besos, ni la ternura
infinita que sólo en él puedo encontrar, sólo en su abrazo, sólo
en sus besos.
Y nos convertimos en uno en palabras y en sentimiento, y todo lo que
yo podía desear era su infinita felicidad y cada día pedía y
rogaba, no sin los ojos anegados de lágrimas, que entrase en su vida
una persona, una mujer que realmente pudiera hacerle feliz, con la
que pudiera gastar sus días y sus horas, sin obstáculos. Una mujer
con la que descubrir un mundo aún mayor del que él y yo logramos
descubrir. Pero no pude dejar de amarle, ni dejar de necesitar sus
palabras, ni dejar de recrearme en nuestros recuerdos. Y seguí
soñando con soñarle y pensándole al abrir los ojos. Porque me
resulta imposible no sentir que se ha adentrado en lo más profundo
de mi corazón y se ha extendido como la más sublime de las
ponzoñas, recorriendo cada instante de mi, cada segundo de mi
cuerpo, cada milímetro de mi mente. Se ha llegado a convertir en mi
casi-todo al igual que yo para él soy su casi-todo.
Y es por eso la imposibilidad de estar juntos, la incapacidad que
tienen nuestros mundos de encontrarse. Crecieron nuestras almas en
mundos diferentes que estallaron en el único momento en el que era
posible su encuentro y crecieron y amaron y se desangraron la una en
la otra. Pero no escribió nadie que debieran de estar juntos y el
azar es siempre un mal amigo. Nuestros trenes no tienen el mismo
recorrido, ni siquiera sé si viajan paralelos.
Pero siempre voy a recordarle como el más bello recuerdo de amor,
como el más intenso sentimiento. Como mi primer mundo, como el mejor
pálpito del corazón. Como es y ha sido nuestro encuentro. Como
que eres mi todo y no quiero separarme de ti.
Como la fugaz eternidad del encuentro inmediato entre dos almas
pertenecientes a universos distintos.