Desperté entre caos y vacío.
El mundo, a mis pies, decidía que era suficiente, temblaba iracundo castigandome por yo sé bien qué males. Pero mi casa no se inmutó, no mientras sus cimientos permaneciesen intactos.
Un estrépito sacudió el entorno y comenzó a derrumbarse todo lo que me rodeaba, el aire se estremecía y caían a pedazos la culpa acechante, la falsedad instigando al distanciamiento. El interminable bucle de acciones, destrozado, caía también... Juntos trataban con todas sus fuerzas de derribar el techo de mi hogar. El sentimiento sempiterno de no-pertenencia atacaba, con mayor ímpetu y logro que el resto... Pero los cimientos siguieron imperturbables, firmes, constantes.
Y mi casa continuó en pie, gracias a ese trío cimentario que es la constancia infinita de que, realmente, todo está bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario