Empezó siendo como un verano cualquiera, uno de esos veranos de calor asfixiante, quemaduras de sol y aire denso. Uno de esos en los que sólo apetece salir de casa como ser nocturno, o para darse un baño en cualquier río donde las aguas fluyan en abundancia. De esos en los que, al pararse a hacer memoria uno encuentra que el calor del recuerdo separa las voces de la historia y todo aparece como a cámara lenta. Realmente no parecía que fuese a tener nada que otros veranos no hubiesen tenido antes, ni nada que otros veranos no fuesen a tener después, era uno más entre ellos, repetitivo en sus costumbres, un verano de sol y pocas nubes, un verano desapercibido en la historia.
Pero sin embargo había algo extraño, algo que no había ocurrido ningún otro verano antes, no al menos hasta donde mis cansados recuerdos pueden alcanzar. Algo era diferente, había un olor extraño quizás, una especie de espesura en el ambiente, un no se qué (que se suele decir) que te hacía pensar que, a pesar de todo su empeño en la cotidianeidad, este verano sería diferente. Porque si uno afinaba el oído y cerraba los ojos, paraba el bombeo de su corazón y el crujir de sus articulaciones y cortaba por completo el sonido de su respiración, podía llegar a escuchar, aunque muy levemente, una especie de sosegado susurro, clamoroso y triste, de esos que te oprimen el corazón y te lo apagan. Un callado lamento de un amor roto. Lo que pasa es que uno siempre puede justificar esa clase de cosas, puede tratar de creer que lo que realmente ha escuchado han sido unas sordas pisadas, o alguna hoja que perdida iba siendo mecida por el viento. Sin embargo, en el lugar más recóndito de tu conciencia quedaba latente la certeza de que, en ese mismo instante, un romance apasionado de esos de las películas antiguas; pero no de los que se sella la verdad del amor en un candado que tanto se ven hoy día y en los que jamás se cumple la intención del siempre; sino uno de esos que aparecen en las obras de Shakespeare, de esos por los que se daría media alma y todo el cuerpo, de esos en los que se trataría de engañar a la muerte y a D-s mismo, si fuera necesario.
Y esa idea no dejaba de latir en mi conciencia haciendo arder el miedo. Lo único que podía hacer era salir a indagar acerca de ese sordo lamento, ese crujir solitario, ese futuro olvido del plural. Me puse a deambular por las calles buscando quizás una respuesta, una prueba de lo que mi corazón me decía que estaba ocurriendo. Tratando de encontrar el modo de demostrar que este verano estaba sucediendo algo enorme, un grandísimo desastre. Paseé entre las calles sin sombra, recibiendo un abrazo demasiado cercano del sol, no sé ni cuantas horas. Fueron tantas que no sólo me pesaban las piernas y los dedos de las manos, sino que el pelo y las pestañas, el aire y la voz suponían el mayor fardo que jamás cargué. Pero este extremo paseo no fue en vano porque finalmente hallé lo que andaba buscando: de cualquier manera, tendido sobre el suelo, vi a un precioso mirlo con la perdida mirada de la muerte en sus ojos y entonces mi corazón se aceleró en su trabajo, mis ojos parpadearon tratando de sostener lágrimas que parecían charcos. Supe que mis mayores miedos eran más que ciertos, todo lo que temía estaba ocurriendo. Volví lo más pronto que pude a casa y dejé que mis párpados descansaran y descargaran todo el dolor que mi agitado corazón sentía, no pude evitarlo, no tenía otro modo de expresar todo el sentimiento que se estaba amontonando sobre mi. Esto marcaba un antes y un después en toda historia. Este verano, este no tan corriente verano estaba destinado a ser el último cargado de historias sin finales, de historias felices.
Los pájaros se estaban suicidando.
En las semanas que siguieron a este día, pude ver otros pájaros como el joven mirlo, lleno su cuerpo aún de vida, pero con el corazón y los ojos vacíos; yaciendo inertes sobre las aceras, entre los matorrales y en las escaleras de entrada, a la orilla de los ríos, sobre los bancos de los parques. Muertos, de pena y miedo, muertos de amor. Los pájaros se estaban suicidando, y no había manera de detenerlo. Esos amores que tanta vida habían dado, que habían permitido que los engranajes de un mundo perfecto siguieran girando en constante movimiento, se estaban parando. Y los pájaros, más sabios que tú y desde luego mucho más sabios que yo, estaban muriéndose de pena uno a uno, a la par que cada amor. Ellos habían sido los acompañantes, los guardianes de cada uno de ellos y conforme se evaporaba el amor entre dos amantes, cuando el amor se rompía en mil pedazos, se hacía cientos de desolados añicos y dejaba de existir el plural entre dos almas, esos pobres pájaros que instantes atrás fueron testigos, no pudieron encontrar más motivos para su pequeña pero valiosa existencia. Todos y cada uno de los pájaros que vi ese verano representaban una historia con final, una historia rota, una familia menos. Él y Ella ya no envejecerían juntos, Ellos ya no narrarían las pericias de su amor a sus nietos, no pasearían de la mano bajo la lluvia, ni pisotearían hojas en otoño, tampoco tararearían abrazados una canción pasada de moda. Ya no habría más historia sin precedentes.
Los pájaros se estaban suicidando.
En las semanas que siguieron a este día, pude ver otros pájaros como el joven mirlo, lleno su cuerpo aún de vida, pero con el corazón y los ojos vacíos; yaciendo inertes sobre las aceras, entre los matorrales y en las escaleras de entrada, a la orilla de los ríos, sobre los bancos de los parques. Muertos, de pena y miedo, muertos de amor. Los pájaros se estaban suicidando, y no había manera de detenerlo. Esos amores que tanta vida habían dado, que habían permitido que los engranajes de un mundo perfecto siguieran girando en constante movimiento, se estaban parando. Y los pájaros, más sabios que tú y desde luego mucho más sabios que yo, estaban muriéndose de pena uno a uno, a la par que cada amor. Ellos habían sido los acompañantes, los guardianes de cada uno de ellos y conforme se evaporaba el amor entre dos amantes, cuando el amor se rompía en mil pedazos, se hacía cientos de desolados añicos y dejaba de existir el plural entre dos almas, esos pobres pájaros que instantes atrás fueron testigos, no pudieron encontrar más motivos para su pequeña pero valiosa existencia. Todos y cada uno de los pájaros que vi ese verano representaban una historia con final, una historia rota, una familia menos. Él y Ella ya no envejecerían juntos, Ellos ya no narrarían las pericias de su amor a sus nietos, no pasearían de la mano bajo la lluvia, ni pisotearían hojas en otoño, tampoco tararearían abrazados una canción pasada de moda. Ya no habría más historia sin precedentes.
Nunca más mis veranos volvieron a ser como habían sido hasta entonces, ya no se volvió a escuchar acerca de esos amores de verano, ni de los besos grandes y terribles que consumían la eternidad de todo lo que les rodeaba. No se volvió a sentir de nuevo ese ardor abrasador del sol. Se apagaron levemente las risas de enamorados, la luz de las miradas, se templaron las aguas y nunca volvieron a ser tan refrescantes como lo fueron un día antes de ese verano. Y sobre todo, lo que nunca se volvió a escuchar fue el canto uniforme de los pájaros en las mañanas de primavera, ya no volvieron a despertar melodías en las almas de quienes los escuchaban.
Sin duda, ese verano fue una gran pérdida para muchos, no sólo para los amantes. Novelistas, guionistas, incluso los escritores de cuentos infantiles sufrieron la consecuencia de lo que sucedió aquel verano. Ya no cabía en la mente de ninguno de ellos la idea de un siempre entre dos almas, dejó de ser una realidad para todo el mundo por triste que resulte. Por eso creo que esta historia tenía que llegaros ahora y no más tarde, igual que se la conté a vuestros padres cuando ellos tenían vuestra edad, aún estáis a tiempo de crear unos lazos eternos, aún podéis aprender cómo se puede vivir el amor. Vuestro abuelo y yo fuimos lo suficientemente valientes para luchar contra el abrasador paso del tiempo y contra las frías noches de escarcha para que los ojos de nuestro ruiseñor continuasen con vida.
Y aún hoy, en las templadas mañanas de primavera se puede escuchar, si se prestan oídos atentos, al testigo de este amor de supervivientes.
Y aún hoy, en las templadas mañanas de primavera se puede escuchar, si se prestan oídos atentos, al testigo de este amor de supervivientes.
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