La vida es un continuo desenlace de nuestras propias acciones, consecuencias de todo aquello que emprendimos. Huellas que sellan nuestro cuerpo y nuestra alma. Cicatrices que, en ocasiones, nunca consiguen cerrarse.
Como la seña que queda en un folio en blanco cuando tratamos de borrar aquello que escribimos; por mucho que apretemos la goma, la mella queda sobre el papel que ya nunca podrá volver a su estado original.
De este mismo modo cada vez que hacemos algo en nuestra vida queda su marca en nosotros. Hay veces que son simples rasguños dentro de nuestra alma, pero otras veces... Otras veces son tremendas cicatrices que probablemente nunca cierren del todo.
Y esto de cerrarlas o no, ya no es cosa de la vida, si no de la voluntad de cada uno.
A mi me gustan demasiado las heridas que permanecen abiertas durante un tiempo, recordando lo vivido y quizás aferrándome a ello.
Hay ciertas marcas que no quiero que se disipen nunca.
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